Infidelidad: por qué el problema real nunca fue el otro.
Hay una historia que se repite, casi idéntica, una y otra vez en consulta. Cambian los nombres y las circunstancias, pero el patrón es siempre el mismo, y dice mucho más sobre nosotros como sociedad de lo que estamos dispuestos a admitir.
La esposa descubre que él la engaña y se siente humillada, traicionada, destruida; está convencida de que ella es la única víctima de esta historia. La amante, que nunca supo que él era casado, también se siente engañada, le prometieron una vida que nunca iba a llegar y ahora descubre que su amor era un fragmento robado a otra mujer. Y él, atrapado entre las dos, se justifica diciendo que en casa ya no había amor desde hace años, que la otra le devolvió las ganas de vivir, que nadie lo entiende; él también, a su manera, se siente víctima de las circunstancias.
Tres personas, tres dolores legítimos, tres versiones de la misma historia donde nadie parece responsable de nada. ¿Te suena familiar esa estructura? No tiene que tratarse necesariamente de una infidelidad: puede ser cualquier conflicto donde todos los involucrados se sienten heridos y, en el fondo, nadie quiere mirar hacia adentro.
La trampa de buscar culpables
Cuando algo nos rompe, lo primero que hace la mente es buscar a quién señalar. Es un mecanismo de supervivencia bastante astuto, porque si encontramos un culpable afuera no tenemos que mirar lo que pasó dentro de nosotros mismos, y eso, al menos por un rato, alivia.
El problema aparece después, cuando el costo de esa estrategia se vuelve evidente. Cada vez que decimos "esto me lo hicieron a mí", le estamos entregando a esa persona el control de cómo nos sentimos; nuestra paz, nuestra energía y nuestra capacidad de avanzar quedan en manos de quien nos lastimó, mientras nosotros quedamos atrapados en una historia donde ya no somos protagonistas sino solo víctimas.
La culpa se siente como justicia desde adentro, pero por fuera es una prisión silenciosa que casi nadie nota, ni siquiera quien la habita.
La pregunta que casi nadie se atreve a hacer
En la historia de la infidelidad, los tres personajes están haciendo la misma pregunta equivocada, la esposa pregunta por qué él le hizo esto, la amante por qué le mintió, y él por qué nadie parece entenderlo. Cada uno mira hacia afuera buscando una explicación que justifique su dolor sin tener que asumir nada propio.
Pero la pregunta real, la que duele de verdad y que casi nadie quiere hacerse, es otra: ¿qué decisiones tomé yo que me trajeron hasta acá?
Eso no significa que la infidelidad esté justificada, no lo está, nunca lo está, sino que cada persona tiene una parte en la historia que solo ella puede ver, y mientras esa parte permanezca invisible la herida no sana, simplemente se traslada al siguiente vínculo, a la siguiente relación, al siguiente ciclo idéntico al anterior.
La esposa, por ejemplo, podría preguntarse en qué momento dejó realmente de mirarlo como pareja, cuándo empezó a relacionarse con él más como una madre que como una mujer, y qué señales prefirió ignorar durante meses o quizás años. La amante podría preguntarse qué carencia propia la llevó a buscar afecto y validación en alguien que estaba claramente no disponible. Y él podría preguntarse por qué le costó tanto tener una conversación incómoda antes de actuar, y de qué estaba escapando al buscar respuesta afuera en lugar de adentro.
Estas preguntas no son acusaciones disfrazadas ni intentos de minimizar lo que ocurrió, son, en realidad, la única forma efectiva de salir del rol de víctima sin negar ni traicionar el dolor que se vivió.
La diferencia entre culpa y responsabilidad
Mucha gente confunde estos dos conceptos y por eso se queda atascada en el dolor durante años, sin entender por qué no logra avanzar a pesar de hacer terapia, leer libros o intentarlo todo. La diferencia entre uno y otro, sin embargo, es enorme y vale la pena nombrarla con claridad.
La culpa mira al pasado y busca castigar a alguien, al otro o a uno mismo, y por eso es estática, paraliza, mantiene a la persona girando en círculos sobre la misma historia. La responsabilidad, en cambio, mira al presente y se pregunta qué hago yo, ahora, con todo lo que ya sé; por eso es dinámica y, sobre todo, libera.
Asumir responsabilidad después de una infidelidad no te convierte en cómplice de quien engañó ni reduce de ninguna manera su falta — te convierte, simplemente, en la persona que recupera el timón de su propia vida en vez de quedarse esperando una disculpa que tal vez nunca llegue.
Cómo se ve el despertar en la práctica
El despertar casi nunca es un momento épico ni cinematográfico, es un giro pequeño, casi silencioso, que ocurre cuando alguien deja de preguntar "¿por qué a mí?" y empieza a preguntar "¿qué hago yo con esto?".
Es la mujer que, después de meses de rabia y noches sin dormir, un día se mira al espejo y se dice a sí misma que permitió cosas que sabía perfectamente que no eran para ella, y que eso se acaba hoy. Es el hombre que, después de la culpa y todas las justificaciones, reconoce por fin que llevaba años evitando una conversación incómoda y decide tenerla aunque duela, aunque destruya lo poco que queda. Es, en el fondo, la persona que comprende que no eligió lo que pasó, pero sí elige quién quiere ser a partir de ahora.
Eso es despertar, y conviene aclararlo bien, porque suele confundirse con otras cosas: no es perdonar al otro de inmediato, ni reconciliarte con quien te lastimó, ni siquiera entenderlo. Es algo mucho más íntimo y radical, que es simplemente dejar de regalarle tu poder a alguien más.
Mira el video completo
En este video reflexiono más a fondo sobre los tres personajes de esta historia y por qué cada uno está atrapado en su propia versión de víctima. Si te resonó este artículo, ahí lo profundizo con más calma.
La pregunta incómoda
Antes de cerrar esta página, quédate con una sola pregunta, la que duele, la que probablemente preferirías evitar:
¿Qué situación de tu vida sigues contando como si tú no tuvieras nada que ver con ella, y qué pasaría si por una sola vez te preguntaras qué decisiones tuyas te trajeron hasta acá?
No tienes que responderla ahora, ni siquiera responderla nunca en voz alta, pero la pregunta ya está sembrada, y eso es lo que importa.
¿De quién es la culpa?
Este artículo nace de una de las reflexiones centrales de mi nuevo libro "¿De quién es la culpa?", donde acompaño al lector a través de 12 historias reales de personas comunes que aprendieron a salir del rol de víctima sin negar ni minimizar su dolor.
Si lo que leíste hoy te tocó, te incomodó o te hizo pensar en alguien — incluyéndote a ti — el libro va a sacudirte mucho más.
Sobre la autora
Leticia Castro es coach y autora, y acompaña a personas en procesos de transformación profunda a través de su metodología propia TriEvolve 270°, que integra inteligencia emocional, conciencia y acción. Trabaja con clientes en México y toda LATAM. Si quieres conocer más sobre su trabajo, puedes visitar evolveconsultores.com.

